Una investigación del Instituto de Investigaciones Sociológicas (IDIS) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) concluye que la decisión de miles de mujeres de dedicarse a la venta de comida en las calles no responde únicamente a una elección personal o a la falta de empleo formal, sino a un conjunto de condicionamientos relacionados con el origen social, la desigualdad de género y las trayectorias laborales que han marcado sus vidas.
El estudio, titulado La ruta del agachado: trabajo, género y alimentación en la calle, sostiene que la denominada “ruta del agachado” es el resultado de factores estructurales que distribuyen las oportunidades laborales de manera desigual entre hombres y mujeres. Según la investigación, la economía informal se convierte en una de las alternativas más accesibles para quienes no logran insertarse en el mercado laboral formal.
El autor, Mircko Vera Zegarra, explica que la investigación buscó establecer “un puente que comunique los aspectos estructurales de género e inserción laboral con la decisión individual de optar por la ‘ruta del agachado’ como un camino hacia la obtención de ingresos y bienestar”.
La investigación identifica que prácticamente todos los puestos de venta de comida callejera son atendidos por mujeres, una situación que refleja la persistencia de la división sexual del trabajo y la prolongación de las tareas domésticas hacia el espacio público. Asimismo, señala que las responsabilidades del cuidado y del hogar continúan recayendo principalmente sobre ellas, condicionando sus posibilidades de acceder a otros empleos.
A partir de las trayectorias de vida de las comideras, el estudio evidencia que muchas provienen de hogares con escasas oportunidades educativas y laborales, y que suelen transitar por ocupaciones igualmente precarias antes de establecerse en la venta de comida. En varios casos, el fallecimiento o abandono de la pareja, así como la influencia de familiares dedicados al rubro, terminan orientando su ingreso a esta actividad.
Pese a ello, la investigación también muestra que la venta de comida representa para muchas mujeres una fuente de estabilidad económica y la posibilidad de sostener a sus familias, aunque sus proyectos de vida continúan desarrollándose dentro de un contexto marcado por las desigualdades de género y las limitadas oportunidades de movilidad social.
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