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Muertes bajo custodia estatal: el silencioso circuito de la impunidad

Entre 2016 y 2024, 58 personas fallecieron en recintos policiales, mientras que en las cárceles se registraron más de 500 muertes entre 2019 y 2024. Detrás de estas cifras aparecen versiones de suicidio, violencia, fallas forenses y procesos que no siempre logran establecer responsabilidades. Por Luis Fernando Cantoral Martín Poma Quispe, un chofer de minibús de 58 años, rozó levemente el farol trasero de un automóvil en Mallasilla, La Paz. Pese a que el daño no superaba los 500 bolivianos y el vehículo fue retenido en el garaje de la Estación Policial (EPI) de Calacoto, los custodios encerraron a Poma. Cuando sus hijos acudieron con el dinero, la contraparte y su abogado exigieron retener además sus teléfonos celulares como “garantía”. Rechazaron firmar el acuerdo. Ante la negativa, la suboficial de turno y los custodios mantuvieron retenido al conductor. Luis Fernando Benitez, un albañil de 30 años y padre de dos niños, retornaba de un paseo familiar en Bermejo, Tarija, en el vehículo de su padre. Una patrulla policial lo interceptó por una denuncia de su expareja por un saldo pendiente de asistencia familiar. Fue ingresado a la carceleta del Comando Policial de Bermejo bajo estricta incomunicación hasta que pague. Una vez encerrados, los aprehendidos quedaron atrapados en una “zona gris” sin supervisión independiente. Al cuarto día de detención, por supuesto mal comportamiento, Benitez fue enmanillado al arco de metal de la cancha del recinto, al aire libre, y dejado ahí hasta pasado el mediodía bajo un sol abrasador. Pidió agua, se la negaron. Intentó arrastrar el arco hacia la sombra y una policía le roció gas en la cara, otro lo golpeó con su tolete hasta romperlo. Por la noche, fue agredido con palazos en la cabeza por otro efectivo. Fue llevado a las 11 de la noche al fondo de la cancha, con la ayuda de dos efectivos de Interpol. Apagaron las luces y ejecutaron una golpiza masiva mientras la víctima balbuceaba pidiendo ayuda. Su retención por una deuda civil terminó con su fallecimiento. En la EPI de Calacoto, Gabriela Poma encontró a su padre desesperado pidiendo salir. Mientras gestionaba su liberación, la policía la convocó aduciendo que el chofer “se puso mal”. Los familiares hallaron a Poma en su celda sobre un sillón y sin signos vitales, mientras policías aplicaban alcohol en su rostro para reanimarlo. La versión oficial fue que se había “suicidado con su corbata”, pero la autopsia reveló que Poma presentaba múltiples costillas fracturadas en vida, hematomas en los pies y células epiteliales ajenas bajo sus uñas. El surco en su garganta indicaba un material delgado. Su corbata de trabajo, con la que supuestamente se ahorcó, yacía intacta en la guantera de su minibús. Ante el colapso de los detenidos, la policía “actuó”. En Calacoto, según la denuncia de la familia, el capitán Molina se negó a usar la patrulla parada en la puerta para trasladar a Martín Poma, diciendo que ya venía bomberos para hacerlo, obligando a sus hijas —una de ellas embarazada— a cargar el cuerpo inerte en su auto particular hasta el hospital, donde ingresó sin vida. En Bermejo, los custodios trasladaron clandestinamente a Benitez en camilla al Hospital Virgen de Chaguaya a la 1 a.m. aquejado de intensos dolores, ocultando el hecho a la familia hasta que el representante de la Defensoría del Pueblo los alertó a las 8 a.m. El primer certificado de la médico forense Mabel Villalpando otorgó insólitamente 15 días de impedimento a un paciente con muerte cerebral, mientras el director de la carceleta, Heriberto Colmena Quispe, firmó un informe atribuyendo las lesiones a un “ataque de epilepsia” y posteriormente a una “autolesión por consumo de drogas”. La autopsia constató tres costillas fracturadas, golpes brutales por todo el cuerpo, el corazón desplazado por impactos torácicos y hemorragias sangrantes en la masa cerebral. Los casos de Poma y Benitez son una muestra de la dimensión del problema. En Bolivia, ingresar a una celda policial o carcelaria puede transformarse en una condena de muerte sin juicio. Entre 2016 y 2024, el Observatorio Boliviano de Seguridad Ciudadana y Lucha Contra las Drogas del Ministerio de Gobierno, con datos de la Policía Boliviana, contabilizó 58 personas fallecidas en recintos policiales. La mayoría tenía entre 17 y 30 años. La ausencia de datos judiciales no permitió establecer las causas de todas las muertes ni a sus responsables. Esta investigación de ANF, con el apoyo de IPYS y AECID, en alianza con Erbol, Acceso Investigativo, Brújula Noticias y La Palabra del Beni, documentó 34 casos de muertes ocurridas entre 2010 y 2026, identificados mediante la revisión de publicaciones periodísticas y documentos institucionales, así como información proporcionada por fuentes cercanas a la Fiscalía de La Paz y datos contenidos en un informe de 2024 de la Fiscalía General del Estado. En la mayoría de los casos revisados, las muertes ocurrieron en circunstancias que evidencian situaciones de violencia, abusos o posibles vulneraciones de derechos. La Defensoría del Pueblo, en su rol de Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP), informó para esta investigación que atendió, entre 2021 y 2025, 12 casos críticos de vulneración en celdas policiales: 9 muertes bajo custodia y 3 casos de tortura. Identificó que las muertes en celdas policiales responden a factores estructurales, sanitarios y de violencia: atención médica tardía, agravamiento de enfermedades, uso excesivo de la fuerza, posibles ejecuciones encubiertas como suicidios y presuntos actos de tortura o malos tratos. Señala que la Policía Boliviana no cuenta con protocolos específicos para prevenir muertes bajo custodia, lo que se suma a la falta de registros homogéneos y a la debilidad de los controles internos. El quebrantamiento del deber de garante del Estado se articula mediante un circuito de impunidad: detenciones arbitrarias, uso de tortura en calabozos, precariedad material extrema en las celdas, distorsión pericial en el Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF), la autoinvestigación policial y el bloqueo deliberado de causas judiciales. Detrás de los barrotes de las comisarías y los pabellones penitenciarios no se gesta un mero inventario de accidentes

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Estudio revela que el origen social y el género empujan a mujeres hacia los “agachaditos”

Una investigación del Instituto de Investigaciones Sociológicas (IDIS) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) concluye que la decisión de miles de mujeres de dedicarse a la venta de comida en las calles no responde únicamente a una elección personal o a la falta de empleo formal, sino a un conjunto de condicionamientos relacionados con el origen social, la desigualdad de género y las trayectorias laborales que han marcado sus vidas. El estudio, titulado La ruta del agachado: trabajo, género y alimentación en la calle, sostiene que la denominada “ruta del agachado” es el resultado de factores estructurales que distribuyen las oportunidades laborales de manera desigual entre hombres y mujeres. Según la investigación, la economía informal se convierte en una de las alternativas más accesibles para quienes no logran insertarse en el mercado laboral formal. El autor, Mircko Vera Zegarra, explica que la investigación buscó establecer “un puente que comunique los aspectos estructurales de género e inserción laboral con la decisión individual de optar por la ‘ruta del agachado’ como un camino hacia la obtención de ingresos y bienestar”. La investigación identifica que prácticamente todos los puestos de venta de comida callejera son atendidos por mujeres, una situación que refleja la persistencia de la división sexual del trabajo y la prolongación de las tareas domésticas hacia el espacio público. Asimismo, señala que las responsabilidades del cuidado y del hogar continúan recayendo principalmente sobre ellas, condicionando sus posibilidades de acceder a otros empleos. A partir de las trayectorias de vida de las comideras, el estudio evidencia que muchas provienen de hogares con escasas oportunidades educativas y laborales, y que suelen transitar por ocupaciones igualmente precarias antes de establecerse en la venta de comida. En varios casos, el fallecimiento o abandono de la pareja, así como la influencia de familiares dedicados al rubro, terminan orientando su ingreso a esta actividad. Pese a ello, la investigación también muestra que la venta de comida representa para muchas mujeres una fuente de estabilidad económica y la posibilidad de sostener a sus familias, aunque sus proyectos de vida continúan desarrollándose dentro de un contexto marcado por las desigualdades de género y las limitadas oportunidades de movilidad social.

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La fábrica del estigma: medios, racismo y deshumanización en tiempos de conflicto social

Los medios de comunicación en Bolivia han tenido un papel central en la construcción de imaginarios sociales durante los periodos de conflicto, según las reflexiones planteadas en un conversatorio organizado por el Instituto de Terapia e Investigación (ITEI). Los panelistas cuestionaron la idea de una prensa completamente imparcial y señalaron que la cobertura informativa también está atravesada por disputas de poder, intereses políticos y visiones sociales dominantes. La periodista Zulema Paniagua afirmó que, en momentos de alta conflictividad como la Asamblea Constituyente o las crisis sociales recientes, algunos medios no solo narraron los acontecimientos, sino que contribuyeron a instalar interpretaciones que favorecieron determinadas posiciones de poder. Durante el encuentro, se alertó sobre la construcción mediática del “otro” como amenaza. Emma Bolshia Bravo señaló que ciertos discursos han recurrido a la animalización de sectores indígenas y campesinos movilizados mediante expresiones que los presentan como masas irracionales, reduciendo su capacidad de pensamiento y legitimando formas de violencia. El investigador Juan Pablo Vargas explicó que la llamada “manufactura del consenso” opera mediante la repetición de narrativas que normalizan prejuicios raciales y excluyen otras voces del debate público. Los panelistas también cuestionaron la diferencia con la que se aborda la violencia: mientras algunas acciones de protesta reciben amplia condena mediática, la violencia estructural y el racismo cotidiano suelen permanecer invisibilizados. Frente a este escenario, llamaron a fortalecer una comunicación responsable que permita recuperar la humanidad del otro y combatir la reproducción de discursos de odio, especialmente en redes sociales.

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Estudio revela que pobreza y pertenencia indígena aumentan vulnerabilidad ante violencia digital

La pobreza y la pertenencia a pueblos indígenas incrementan significativamente la vulnerabilidad de adolescentes y jóvenes frente a la violencia sexual digital en Bolivia, según la investigación “Cuerpos, pantallas y algoritmos” elaborada por ChildFund Bolivia y la Colectiva Ciberwarmis. El estudio advierte que estos factores pueden elevar el riesgo de victimización hasta nueve veces. La investigación concluye que la violencia sexual digital no afecta por igual a toda la población. Las mujeres concentran cerca de dos tercios de los casos de difusión no consentida de imágenes íntimas y, además, las condiciones de pobreza y la pertenencia indígena profundizan la exposición a este tipo de agresiones. El informe sostiene que esta problemática responde a desigualdades estructurales de género y poder que se reproducen y amplifican en los entornos digitales, más allá del acceso a la tecnología o del uso de las plataformas. Entre los hallazgos, el estudio identifica que el 41,8% de adolescentes recibió contenido sexual no solicitado, el 34,1% sufrió acoso sexual en línea, el 16% experimentó sextorsión y alrededor del 10% fue víctima de manipulación de imágenes sexuales mediante inteligencia artificial, como los deepfakes. La investigación también evidencia una crisis de confianza institucional. El 51,5% de los participantes afirmó no saber a qué institución acudir o cómo actuar frente a un caso de violencia digital, mientras que muchas y muchos jóvenes recurren a la inteligencia artificial y las redes sociales para buscar información y acompañamiento emocional ante la ausencia de espacios seguros. Frente a este escenario, el estudio recomienda fortalecer las políticas públicas con medidas de prevención, atención especializada y reparación del daño, además de promover una educación sexual integral con enfoque de ciudadanía digital, capacitar a operadores de justicia y exigir a las plataformas mecanismos más ágiles para retirar contenido íntimo difundido sin consentimiento.

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Organizaciones denuncian vulneraciones y exigen justicia para víctimas de tortura en Bolivia

En el marco del Día Internacional en Apoyo de las Víctimas de la Tortura, organizaciones defensoras de derechos humanos expresaron su preocupación por la situación que atraviesa Bolivia y alertaron sobre una “crisis de Derechos Humanos” marcada por hechos de violencia, uso excesivo de la fuerza y afectaciones al debido proceso, ocurridas en las recientes protestas. A través de un pronunciamiento, los firmantes señalaron que la reconstrucción del tejido social requiere garantizar la dignidad humana, la memoria, la verdad, la justicia y la reparación, además de transformar las prácticas institucionales que derivan en abusos de poder. En ese sentido, cuestionaron la difusión de discursos que, según el documento, deshumanizan a las personas movilizadas y contribuyen a la criminalización de la protesta social. El pronunciamiento recoge además información del Instituto de Terapia e Investigación sobre las Secuelas de la Tortura y la Violencia Estatal (ITEI), que documentó presuntas vulneraciones relacionadas con detenciones masivas y arbitrarias, discriminación por rasgos culturales, uso de figuras legales sin suficiente sustento y afectaciones al derecho al debido proceso. Entre los hechos denunciados se mencionan golpes dirigidos a zonas sensibles del cuerpo, uso indiscriminado de agentes químicos, hacinamiento temporal en instalaciones policiales, falta de atención médica especializada y dificultades para documentar técnicamente las lesiones sufridas por las personas afectadas. El documento también alerta sobre el uso de armas denominadas “no letales” y cita como caso emblemático la agresión sufrida por la periodista Violeta Tamayo, quien resultó herida durante el ejercicio de su labor informativa. Asimismo, advierte sobre casos de violencia ocular con consecuencias físicas permanentes para algunas víctimas. Frente a este escenario, las organizaciones demandaron investigaciones independientes sobre los casos denunciados, respeto a la presunción de inocencia y el cese de detenciones arbitrarias. También plantearon la necesidad de aplicar medidas de reparación integral que incluyan restitución, rehabilitación, reconocimiento público, garantías de no repetición e indemnización compensatoria para las víctimas.

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