Ivan Apaza Calle

¿Para qué leer y escribir?

Existe una ausencia de culto al libro en Bolivia, porque no se cultivó en siglos. A los indios se les prohibió. El español y el criollo en la colonia y la república no le dieron atención, éstos estaban más preocupados en enseñar la palabra de Dios y garantizar la fuerza de trabajo gratuito. La “rancia aristocracia” boliviana, durante 130 años, mantuvo a los indios lejos de la educación y de los libros; por si eso fuera poco, los letrados de finales del ochocientos, les escupían con los peores insultos: “indio sucio, ignorante, torpe de entendimiento…”, “degenerado nacido para servir”, “sombrío, asqueroso, huraño, prosternado, estúpido y sórdido”. Para el novecientos, la situación no había cambiado casi nada. Gamonales y hacendados hacían persecuciones a quienes llevaban la lectura y la escritura clandestinamente a las comunidades del altiplano. El arrojo de aquellos indios, que se habían atrevido a fundar escuelas, tuvo una razón fuerte: Saber leer y escribir eran victorias contra su opresión. Leer era una llave a otros conocimientos almacenados en esas hojas repletas de líneas negras, con los que podían plantearse soluciones. Escribir era ir más allá, como cambiar el orden de las cosas. Los raros indios que se dedicaron a la escritura, emitían su propio pensamiento y mensaje; se quitaban del hombro, la mano tutora de los escritores blanco-mestizos. La idea sobre los indios como “una gran fuerza y poca inteligencia”, acuñada por Franz Tamayo, era una falsedad. En 1934, la gran inteligencia escribía: “En la colonia no existe derecho a la cultura para las clases oprimidas, el indio y el mestizo. La cultura es un privilegio de los hijos de España o de los criollos que respiran a español… La literatura de la colonia es una literatura escrita, pensada y sentida en español”. Tiempo después, el indio mozo arrojó al fuego a todos los escritores bolivianos y del continente colonizado, porque la literatura producida por el gamonalismo literario, hasta 1960, era contra los indios. El lozano: Fausto Reinaga. Para la segunda mitad del siglo XX, el nacionalismo revolucionario estaba en su auge, se hablaba de los bribones que quemaron las haciendas del servilismo: Los campesinos tienen derecho a leer y escribir, democratizamos la educación. Aprender a leer y escribir, ya no era delito, sino un derecho. Pese a ello, a muchos no les gustaba que los indios accedan a las escuelas paupérrimas, pero nada se podía hacer, ya las manos callosas erigían aulas. Si en la colonia la letra entraba con sangre a los blancos, después del código de educación de 1955 que daba acceso a las escuelas, los indios, sangraban; sin embargo, la lectura no era cultura, ni se tenía culto a los libros; por lo que, en el mundo de la literatura, el indio no narraba sus desventuras ni su dolor, solo era el personaje de las novelas escritas por aquellas manos que en el pasado sujetaban el chicote. La escuela era el terreno fértil para producir a las nuevas manos que escribirían su propio destino. Y en el tiempo de los gobiernos de bota militar, estos futuros portavoces de los colonizados crecían poco a poco. Ya cuando estaban listos y prestos para escribir, se escuchaba su voz contra los siglos de opresión colonial. No pintaba nada bien para los aristócratas los indios letrados, todo porque a través del papel podían articular un movimiento y levantar a los oprimidos. Fausto Reinaga, Felipe Quispe, Rufino Paxsi y tantos otros, no solo “revelaron la realidad de los indios, sino que los rebelaron”, tal como escribió el amawta. Maximo Huañuyco (antes incluso de la revolución nacional) y Rufino Paxsi, poetas desconocidos para los círculos literarios blancos, reflejaban en sus inspiraciones todo un mundo desconocido, que anunciaban a sus pares la autodeterminación, a transitar por su propia vivencia y a la vivisección personal, pero los indios a pesar de los derechos a la educación no sabían leer ni escribir en su propio idioma nativo. Así pasaron al olvido bellos poemas como “Illampu pampana jakiri”, “P’itikir imilla”, “Qullana”… Esos p’asp’as que antes aparecían en un poema de Oscar Alfaro como los ponguitos, ahora eran los sujetos que escribían su historia. Poco después, otros ex colonizados escribían para protestar; sus denuncias, sus llamados a la conciencia y sus poemas, eran voces que tenían sed de justicia. No pedían socorros ni se escuchaba de ellos quejidos, éstos estaban braveados, y cada palabra trazada, picaba como la paja brava altiplánica en la mente de sus lectores. En febrero de 1988, en la editorial del boletín Ofensiva Tupakatarista, dirigida por Felipe Quispe Huanca, se leía: “Hermanos aymaras, hemos soportado 500 años de esclavitud, opresión, explotación y discriminación racial, cultural, espiritual, social económico y político…” La escritura se había convertido para éstos ex colonizados en un campo de lucha para transformar su existencia. Estaba claro que, “la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra”, como sentenció el apologético inglés, G. K Chesterton. En fin, para las clases aristocráticas, leer y escribir puede ser pasa tiempo, porque, tienen horas de ocio, por lo que, la lectura y la escritura solo cumplen la función de la distracción y no necesitan transformar su condición, sin embargo, el derecho conquistado por los indios a estos saberes, no fueron para el descanso sino para cambiar su realidad, entonces, leer y escribir tienen importancia en la medida que es acción, ideas que serán movimiento ¿Acaso una acción no es producto de una idea? Si los dominados no escriben ni generan ideas sobre su existencia, entonces, ¿quién escribe y piensa por ellos para transformar su condición existencial? Esa es la razón y necesidad de leer y escribir: liberarnos.

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El retorno de “La Bolivia Señorial” y la rearticulación de los Movimientos Sociales

Los últimos acontecimientos en Bolivia, después de las elecciones nacionales, han reflejado varios elementos que necesitan ser estudiados desde la sociología y la ciencia política. Estos son: primero, el retorno de la Bolivia señorial a la administración del nuevo Estado Plurinacional; y segundo, la rearticulación de los movimientos sociales después de la erosión simbólica que sufrió a causa de la división del MAS durante su último gobierno. La importancia de estudiar el escenario socio político del primer semestre del nuevo gobierno, recae en los efectos económicos que ha causado en los sectores sociales, desde las políticas económicas del gobierno y los que han derivado en las acciones colectivas. Bolivia a pesar de tener un carácter conflictivo que obedece a diversos factores desde su clase política, su carácter abigarrado de su sociedad, su formación social, entre otros aspectos que no estudiaremos aquí, aun no aprendió a reconocerse como sociedad. El desconocimiento de las estructuras sociales, económicas y políticas por parte de las clases políticas, muchas veces, ha llevado al país a conflictos recurrentes que afectan a su desarrollo como nación [1]. Bajo esa explicación, es necesario que los que ofician en las ciencias sociales, rastreen las causas y efectos de los últimos acontecimientos en Bolivia, ya que, el conocimiento del origen, la formación, radiografía, características del conflicto y los elementos de su composición, pueden ayudar a ese reconocimiento que hace falta, consiguientemente, generar posibles soluciones. Los fenómenos sociales no se explican por sí mismos, es verdad que, se presentan ante uno, incluso, se es parte de ello, pero por diversas razones son caóticas en un primer momento, hasta que dato tras dato, hecho tras hecho, se construye un esquema de ideas que nos acerca a la comprensión de la realidad. El objetivo de este ensayo es explicar el retorno de la Bolivia señorial [2] y la rearticulación de los movimientos sociales, a partir del estudio de los hechos políticos y sociales significativos. Para esta tarea, se describe los antecedentes políticos para el ascenso de la derecha al gobierno y las políticas económicas que se aplicaron en los primeros meses de gobierno, asimismo, el eje de articulación, los tipos de acción colectiva de los movimientos sociales y por último la “situación histórico política” de las fuerzas sociales y políticas. El retorno de la Bolivia señorial El grupo intelectual Comuna de concepción marxista publicó un libro colectivo bajo el título “El retorno de la Bolivia plebeya” [3], en el cual referían la trayectoria de los movimientos sociales, que después de la derrota de los mineros y la victoria del Decreto Supremo 21060, que reconfiguraba el orden neoliberal en Bolivia, retornaban con nuevas formas de democratización. La carga política de estos movimientos sociales, incluso, tenían un carácter histórico, como el discurso de Felipe Quispe Huanca, el Mallku, ejecutivo de la CSUTCB, que hablaba de las “Dos Bolivias”[4] y proponía la autodeterminación de las naciones autóctonas: “Aspiramos a ser oficialmente lo que somos: la Gran nación Aymara, Quechua y Guaraní” [5]. La reemergencia de estas identidades colectivas, para el año 2000, reflejaba la crisis del Estado y el agotamiento ideológico de las elites políticas que habían heredado el poder de generación en generación, ese mismo vaciamiento discursivo no respondía ya a las demandas históricas de la sociedad [6]. Las movilizaciones desembocaron—luego de consecuentes movilizaciones durante los gobiernos de Banzer, Quiroga, Sánchez de Losada y Mesa —en la constitución de un nuevo modelo de Estado, cuya esencia fue la plurinacionalidad de Bolivia que no fue reconocida desde su nacimiento. El ascenso del Movimiento Al Socialismo MAS al poder cambió el carácter del Estado boliviano, así las empresas del Estado que fueron privatizados con la famosa capitalización ahora eran el eje central de la producción y por consiguiente de la economía nacional. Asimismo, el carácter excluyente del modelo republicano hacia el “indígena”, se había modificado en su inclusión de manera legal en la Constitución Política del Estado [7], lo que derivaba en un Estado integral [8]. Estos dos ejes: la fortaleza de las empresas públicas como productor de la riqueza nacional y la integralidad del Estado, que hacía participe a los movimientos sociales como la COB y la CSUTCB fueron las bases de la estabilidad económica y social. A estas transformaciones García Linera llamó las “democratizaciones plebeyas” [9]. A lo largo de 14 años de gobierno bajo la presidencia de Evo Morales, el MAS tuvo dominancia hegemónica en el campo político, sin embargo, también ingresó en una crisis ideológica que no pudo sostener y que la derecha supo aprovechar el momento, consiguientemente, recolectar los errores del MAS y razones para construir un eje ideológico anti masista, que se concretizó en una serie de conflictos y en la renuncia de Morales el 2019. Después de la victoria del MAS en las elecciones de noviembre de 2020, su debacle se consolidaría el 2022 cuando en la Asamblea Legislativa Plurinacional, la bancada azul se fracturaría en asambleístas que apoyaban a Arce y a Morales. Las disputas internas de liderazgo en el gobierno de Luis Arce, dividió al “partido político” en tres grupos: el primero a la cabeza de Evo Morales, el segundo de Andronico Rodríguez y el tercero bajo la dirección de Arce. Esto aparentemente no afectaba a los movimientos sociales, sin embargo, fracturó a las organizaciones sociales que luego quedó en su desarticulación. Esta situación, fue momento crucial para la derecha boliviana para fortalecer su discurso contra los principales líderes de izquierda y por supuesto contra los dirigentes de las organizaciones sindicales erosionando el estatus simbólico que se había ganado en las movilizaciones contra los gobiernos de la derecha señorial en las jornadas de 2000-2004. Así las nuevas elecciones estuvieron marcadas bajo esta división del bloque popular en tres frentes, dos de ellos participaron en la contienda electoral: Andronico Rodríguez por el Movimiento Tercer Sistema (MTS) y Eduardo del Castillo por el Movimiento Al Socialismo (MAS). Y la facción de Evo Morales no participó, por la misma pugna entre Arce y el líder cocalero. La rearticulación de la derecha en diferentes frentes, desde radicales como “Unidad” con Samuel Doria Medina, “Alianza

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El odio resurge cuando el indio se rebela

2026. Escuchen: “Campesinos de m…”, “Haga patria, mat3 un indio”. Es la voz del civilizado. La reproducción del racismo, en todas sus dimensiones no es reciente. El 2019 nos escupieron: “hordas” y “salvajes”; 2000-2003, se habló sobre la criminalidad aymara; 1900, hay que “regenerar la raza”, y así se puede retroceder haciéndoles recuerdo sobre ese odio al indio. Ese odio resurge cuando el indio se rebela, ¡ah!, pero cuando es buen indio, es el “hermano indígena”, el “camarada campesino” que inspira cultura folclórica. Esa convencionalidad descansa en el conocimiento de su posición de q’ara, que cuando el indio afecta su posición y comodidad heredada, el mejor discurso para anularlo es su racismo crudo.

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