Aflora la costumbre del desprecio cada vez que los políticos nos miran desde arriba

Iniciemos con una frase que los políticos bolivianos repiten hasta el cansancio, “Bolivia es un país pluricultural”. Generalmente la dicen en campaña o la terminan vociferando en sus discursos de posesión. Pero basta un momento de sinceridad para que caiga su pesada careta y aparezca lo que en realidad piensan, el racismo estructural, el clasismo de cuna, ese pensamiento profundo que les hace creer que unos nacen para mandar y otros para obedecer.

Definitivamente no es un problema de este ni del anterior gobierno. Es una vieja costumbre, heredada, que se transmite de generación en generación política como quien hereda una propiedad. Lo terrible y hasta preocupante es que los ejemplos sobran.

Podríamos remontarnos a los gobiernos de la “democracia pactada” y encontrar joyitas imposibles de olvidar. Víctor Paz, que para algunos es recordado por sus reformas, también irradiaba pensamientos paternalistas y civilizatorios hacia los indígenas. Jaime Paz hablaba de “incorporar” a las mayorías nacionales a la modernidad, como si antes de él fueran invisibles. Siles Zuazo jamás ocultó su incomodidad con los aymaras que empezaban a tomar fuerza en las décadas del 70 y 80.[LG661]  Y Hugo Banzer, que creía que los indígenas no tenían por qué estar en las calles céntricas.

Pero no hace falta ir tan atrás en la historia. Una muestra más actual es la de “Chichi” Siles. Diputado durante varias gestiones bajo la sigla del MNR, fue parte del séquito de Sánchez de Lozada. Formó parte del núcleo político que diseñó las políticas de capitalización que entregaron muchos de nuestros recursos. Y cuando el país ardía, Siles era parte de ese gobierno. Sus expresiones racistas en esos años no eran errores involuntarios, era política de Estado, ya que consideraban que los indígenas eran el gran “problema”, los movimientos sociales para ellos no eran más que “montoneros”, y las demandas populares eran “extorsión”. Hoy, ese mismo personaje sigue vigente y hasta se presenta como una opción política. Entonces sus palabras no deberían extrañarnos, solo da continuidad a lo que siempre pensaron él y otros como él.

Por otro lado, también tenemos autoridades que hacen declaraciones que parecen salidas de una Bolivia donde la gente no sufre, no se organiza, no protesta. La controvertida diputada Claudia Bilbao sale a decir que los que se movilizan son personas “obligadas” con amenazas de ser expulsadas de sus comunidades, acusó a supuestos financiadores y describe a estas protestas como “shows” de “gente obligada”. Es decir, para Bilbao los que deciden movilizarse no lo hacen por convicción, lo hacen porque los obligan. No tienen voluntad propia, no tienen criterio, son masas no pensantes. Eso no es análisis político desde ningún punto de vista, eso es clasismo y odio en estado puro. En cada conferencia o intervención que hace, subyace la misma lógica: los que protestan son manipulados, los dirigentes son corruptos, los problemas son culpa de otros. Nunca una mirada estructural, nunca un atisbo de entender por qué la gente se moviliza.

El pasado accidente del avión Hércules fue en El Alto, en ese sentido, una revelación. Los billetes en el piso, la gente recogiéndolos, la posterior anulación de la serie B y, sobre todo, la ola de comentarios racistas y clasistas contra los alteños. “No es la primera vez que ocurre algo así”, dijo una ex autoridad nacional, repudiando los comentarios discriminatorios. Las muestras de un odio profundo hacia los alteños y las pocas declaraciones de algunas autoridades electas dejan claro que comparten ese oscuro sentimiento.

Pero el problema no es solo el racismo abierto, ese que escandaliza porque es burdo. El problema es el racismo estructural, el que está incorporado en las prácticas políticas, en la selección de candidatos, en la distribución de recursos, en la cobertura mediática. Ese racismo que hace que una candidata de pollera o un candidato de poncho tengan que demostrar el doble que un candidato de corbata. Ese racismo que hace que una diputada alteña hable de sus propios vecinos como si fueran ovejas sin criterio.

La clase política boliviana, con honrosas pero pocas excepciones, sigue siendo la misma de siempre. Con otros actores, algunos nuevos y otros reciclados. Con discursos renovados, aunque se los copien de donde puedan. Pero la forma de mirar hacia abajo, hacia los que siempre estuvieron ahí, sigue igual. “Chichi” Siles vuelve a la carga. La diputada Bilbao irradia soberbia. Y mientras tanto, en El Alto, en las provincias y en las comunidades, la gente espera que algún día los políticos aprendan a mirar de igual a igual. No como problema a resolver, no como voto cautivo, tampoco como burla. Sino como ciudadanos, como personas.

Ese racismo estructural siempre afecta a un pueblo que carga este país sobre sus hombros, mientras “los de arriba” se la pasan discutiendo quién merece más o menos desprecio.