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Manfred: “Hay gente que sí cometió delitos, ¿cómo los vas a liberar?”

“Hay gente que sí cometió delitos, ¿cómo los vas a liberar?” Manfred Reyes Villa, alcalde de Cochabamba   ¿Para que luego se hagan elegir alcaldes, gobernadores, presidentes? ¿Para que se laven la cara y se tiñan el cabello y nadie les recuerde haber sido edecanes de García Meza hace como cuarenta años? La lógica del señor alcalde es impecable, es la práctica posible de su cuestionamiento lo que daría en la cárcel con él y bastantes más…

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No estamos buscando un cogobierno… dice José Luis Lupo

“No estamos buscando un cogobierno con la Central Obrera. Lo que estamos buscando es una pacificación” José Luis Lupo, Ministro de la Presidencia ¿No les dan permiso los que mandan de verdad? ¿No caben tres en su cogobierno? ¿A quién quieren pacificar? ¿A sus patrones? Tal vez, para ya hacer bien las cosas de una vez, deberían invitar a los verdaderos dueños del circo y dejar de pretender que son ellos los que deciden qué hará su gobierno

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Aflora la costumbre del desprecio cada vez que los políticos nos miran desde arriba

Iniciemos con una frase que los políticos bolivianos repiten hasta el cansancio, “Bolivia es un país pluricultural”. Generalmente la dicen en campaña o la terminan vociferando en sus discursos de posesión. Pero basta un momento de sinceridad para que caiga su pesada careta y aparezca lo que en realidad piensan, el racismo estructural, el clasismo de cuna, ese pensamiento profundo que les hace creer que unos nacen para mandar y otros para obedecer. Definitivamente no es un problema de este ni del anterior gobierno. Es una vieja costumbre, heredada, que se transmite de generación en generación política como quien hereda una propiedad. Lo terrible y hasta preocupante es que los ejemplos sobran. Podríamos remontarnos a los gobiernos de la “democracia pactada” y encontrar joyitas imposibles de olvidar. Víctor Paz, que para algunos es recordado por sus reformas, también irradiaba pensamientos paternalistas y civilizatorios hacia los indígenas. Jaime Paz hablaba de “incorporar” a las mayorías nacionales a la modernidad, como si antes de él fueran invisibles. Siles Zuazo jamás ocultó su incomodidad con los aymaras que empezaban a tomar fuerza en las décadas del 70 y 80.[LG661]  Y Hugo Banzer, que creía que los indígenas no tenían por qué estar en las calles céntricas. Pero no hace falta ir tan atrás en la historia. Una muestra más actual es la de “Chichi” Siles. Diputado durante varias gestiones bajo la sigla del MNR, fue parte del séquito de Sánchez de Lozada. Formó parte del núcleo político que diseñó las políticas de capitalización que entregaron muchos de nuestros recursos. Y cuando el país ardía, Siles era parte de ese gobierno. Sus expresiones racistas en esos años no eran errores involuntarios, era política de Estado, ya que consideraban que los indígenas eran el gran “problema”, los movimientos sociales para ellos no eran más que “montoneros”, y las demandas populares eran “extorsión”. Hoy, ese mismo personaje sigue vigente y hasta se presenta como una opción política. Entonces sus palabras no deberían extrañarnos, solo da continuidad a lo que siempre pensaron él y otros como él. Por otro lado, también tenemos autoridades que hacen declaraciones que parecen salidas de una Bolivia donde la gente no sufre, no se organiza, no protesta. La controvertida diputada Claudia Bilbao sale a decir que los que se movilizan son personas “obligadas” con amenazas de ser expulsadas de sus comunidades, acusó a supuestos financiadores y describe a estas protestas como “shows” de “gente obligada”. Es decir, para Bilbao los que deciden movilizarse no lo hacen por convicción, lo hacen porque los obligan. No tienen voluntad propia, no tienen criterio, son masas no pensantes. Eso no es análisis político desde ningún punto de vista, eso es clasismo y odio en estado puro. En cada conferencia o intervención que hace, subyace la misma lógica: los que protestan son manipulados, los dirigentes son corruptos, los problemas son culpa de otros. Nunca una mirada estructural, nunca un atisbo de entender por qué la gente se moviliza. El pasado accidente del avión Hércules fue en El Alto, en ese sentido, una revelación. Los billetes en el piso, la gente recogiéndolos, la posterior anulación de la serie B y, sobre todo, la ola de comentarios racistas y clasistas contra los alteños. “No es la primera vez que ocurre algo así”, dijo una ex autoridad nacional, repudiando los comentarios discriminatorios. Las muestras de un odio profundo hacia los alteños y las pocas declaraciones de algunas autoridades electas dejan claro que comparten ese oscuro sentimiento. Pero el problema no es solo el racismo abierto, ese que escandaliza porque es burdo. El problema es el racismo estructural, el que está incorporado en las prácticas políticas, en la selección de candidatos, en la distribución de recursos, en la cobertura mediática. Ese racismo que hace que una candidata de pollera o un candidato de poncho tengan que demostrar el doble que un candidato de corbata. Ese racismo que hace que una diputada alteña hable de sus propios vecinos como si fueran ovejas sin criterio. La clase política boliviana, con honrosas pero pocas excepciones, sigue siendo la misma de siempre. Con otros actores, algunos nuevos y otros reciclados. Con discursos renovados, aunque se los copien de donde puedan. Pero la forma de mirar hacia abajo, hacia los que siempre estuvieron ahí, sigue igual. “Chichi” Siles vuelve a la carga. La diputada Bilbao irradia soberbia. Y mientras tanto, en El Alto, en las provincias y en las comunidades, la gente espera que algún día los políticos aprendan a mirar de igual a igual. No como problema a resolver, no como voto cautivo, tampoco como burla. Sino como ciudadanos, como personas. Ese racismo estructural siempre afecta a un pueblo que carga este país sobre sus hombros, mientras “los de arriba” se la pasan discutiendo quién merece más o menos desprecio.    

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Sobre submundos y hablar de lo que no se habla

En la novela “La madre”, Máximo Gorki describe el nacimiento de la certeza y del ejercicio ideológico en un personaje bastante inesperado: Una mujer mayor, viuda, sin muchos sueños en la mirada, con un pasado lleno de oscuridad por ser la esposa de un trabajador violento y alcohólico que, de seguro, también creció con los sueños ahogados en la mazamorra de la pobreza y la falta de oportunidades, la miseria del alma se retuerce en las sombras que son sobras no tan selectas, porque no cuestan nada, salvo la misma muerte del espíritu de quienes pugnan por sobrevivir en su superficie; esta mujer, Pelagueya Vlasova, al quedar viuda, comienza a ser primero testigo y luego cómplice de las reuniones en las que su hijo, Pavel, junto a sus compañeros de estudio, debaten sobre la realidad política de su contexto: Hablan de lo que está pasando en el gobierno, en las calles, en las plazas, en los hospitales y hasta en las escuelas; hablan de política, del poder como algo tan ajeno y siniestro, que no tiene asidero ni posibilidad de ejercicio pleno para gente como ellos, que son del proletariado que, en palabras del mismo Gorki, ven el día a día como un paso inevitable hacia la tumba; y sin embargo, ella comienza a entender e indignarse por las cosas que se supone solo saben los que tienen el poder. Y comprende bien lo que debe hacer. En “Viñas de Ira” de John Steinbeck, cuando los bancos comienzan a introducir sus colmillos en la estabilidad social y económica de una comunidad campesina creyente, provoca que los hombres se pongan serios, en tanto las mujeres atienden con más efusividad a sus hijos y se apartan de la conversación que los primeros están teniendo entre sí, en un espacio abierto: La plaza del pueblo, detrás de los establos, acuclillados y dibujando con ramas sobre la tierra sedienta, y hablan, hablan de lo que son, de cómo podrían ser, ahora que son maridos y padres, y con esto, deciden comenzar un éxodo que, a la par de la gran “Altiplano” de Raúl Botelho Gosálvez, es el inicio de otro infierno, el de la migración interna en tiempos de crisis. En “V de Vendeta”, la novela gráfica más política del siglo XX después de “Maus”, el gobierno futurista de este universo decreta como “grave delito de sospecha” que se reúnan más de tres personas en plena calle, y castiga a quienes preguntan por qué el toque de queda y el estado de sitio son pan diario para esa realidad; en “El planeta de los simios” de Pierre Boulle, la civilización primate de ese extraño mundo también usa a las plazas y los andenes para conversar cómo están siendo gobernados, los monos son los ciudadanos; los gorilas, la fuerza del orden; los orangutanes, los intelectuales y los chimpancés son los diplomáticos, quienes gobiernan al resto. Son los orangutanes quienes convierten los espacios públicos en ágoras donde se habla sobre la crueldad hacia sus mascotas simbólicas, es decir, los humanos. Dian Fossey y Konrad Lorenz escribieron teoría sociológica relevante a partir de convivir con gorilas y gansos; Fossey y su espléndido estudio “Gorilas en la niebla”, de 1983, que también fue la razón para su muerte, en 1985 en circunstancias oscuras, describió los procesos del miedo de los gorilas al ser diezmados y desplazados a la fuerza por los hombres; ella llamó a esto “colonización mediante la violencia naturalizada”, y describió el trato cotidiano entre gorilas como estresante por estos fenómenos, porque los gorilas machos se posicionaban en los límites de sus territorios como si estuvieran “reuniéndose”, en tanto vigilaban que los traficantes no entraran a sus dominios invisibles para matar a sus parejas o crías. Lorenz crio gansos y se convirtió en su madre, les enseñó a nadar y anotó todo lo que veía cuando no los atendía; ¿el resultado? El libro “Sobre la agresión” de 1963 y “Sobre la agresión: El Pretendido Mal” de 1972 lo catapultaron a la atención de profesionales en ciencias sociales, hasta que en 1973 ganó el premio Nobel por sus aportes a la etología. Lorenz había creado teoría sociológica a partir de contemplar gansos y sus interacciones con otras especies. Estos dos ejemplos son claros indicios de que no estamos tan alejados de la animalidad al momento de sopesar el poder. Solo vean a los perros en las perreras y los cerdos en las granjas, hasta las hormigas, a pesar de su sistema fenotípico, tiene en ciertas ocasiones estallidos de rebeliones por cambios en el clima y otros factores muy alejados de las relaciones de poder como las conocemos. Svetlana Alexievich, la escritora que llevó el lenguaje conversacional al territorio periodístico de una manera contundente; decidió otorgarles el poder de la dignidad a los testimonios de tanta gente, en la palestra de la literatura masificada. La gente que hablaba de lo vivido en Chernóbil, los conflictos entre Rusia y Ucrania, el hambre o la ausencia del varón en familias por las guerras, fueron su lienzo donde, también, el poder se reflexionaba con un discurso contundente. Todos estos ejemplos están acá para demostrarles a cada uno de ustedes que no solo me gustan libros de Stephen King o de Fausto Reinaga y que no solamente paso de ser un cojudito resentido que golpea imbéciles, cuestiona a culoblancos porque soy un “atrevido que no sabe su lugar”, como dijo la atropellaniños de la Ariadna Soto hace unos tres años o que me gusta mucho la música de L-Gante y María Becerra, al tiempo que tarareo canciones de Sabathan, todos estos músicos con la misma y poderosa carga política que, obviamente, los putos de The cure o los ingenuos de los powermetaleros terraplanistas no tendrían aunque quisieran. La verdad es que soy eso y más, y me divierte a la vez que el diálogo entre lectores y escritores se dé algunas veces de manera tan vertical y cruda, como si nosotros, los que publicamos libros, o los pocos que vivimos plenamente

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