Crítica

Victor Serge y los mecanismos de la represión

En 1987, en mitad de una inmensa huelga estudiantil que paralizó la universidad donde estudié, un amigo me sugirió leer este libro. Sabíamos de la efectividad de los servicios de seguridad del estado mexicano, compartida por los agentes contratados por las autoridades universitarias de entonces para espiarnos y reportar sobre nosotros. Lo que no sabía yo era cómo eludirlos, evitarlos… entenderlos. Victor Serge sí. Como casi todos los textos de Serge, Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión es al mismo tiempo una obra de cálida y sencilla prosa, y el trabajo reflexivo de quien fue a prisión por decir lo que pensaba (y creer en lo que creía) y confiaba en el futuro trabajando para construirlo. Nacido en Bélgica en 1890, hijo de disidentes de la Rusia zarista, Victor Serge hablaba ruso con fluidez pero la lengua en que escribía, en la que fue reconocido, es el francés. Luego de años de militar en organizaciones socialistas, anarquistas y comunistas, Serge fue a conocer de cerca la Revolución Rusa en 1919. En el país de sus ancestros recibió como tarea estudiar los archivos de la Ojrana, la policía secreta del zar, que habían caído en manos de los revolucionarios. Este libro es la única prueba que tenemos de esa labor. No se trata sin embargo un panfleto tosco. Ni de una obra de teoría política llena de abstracciones inútiles. Es más bien un libro que ha sobrevivido purgas, prohibiciones y las muchas aparentes victorias de la derecha y de la izquierda en todo el mundo. Ha sobrevivido porque Serge supo describir con precisión los mecanismos de la represión con ejemplos concretos, apelando por igual a la historia contenida en los archivos y a las incontables experiencias de los perseguidos. Su utilidad efectiva ha trascendido los años. Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión se podría leer como un folletín de aventuras sin mucha trama. El estilo apasionado de Serge permite entender la frialdad burocrática de una ejecución o los objetivos de la tortura. Quien lea entenderá lo que hacen los provocadores y los infiltrados. Es posible seguir sus aseveraciones intensas sobre la verdad, que a veces golpean los ojos en su actualidad: Frente a jueces y policías, no olvidarse de que son sirvientes de los ricos, encargados de las más viles tareas. (p. 99) Quizá también sea posible una lectura multidimensional. Usando los pasajes sobre el correo y su utilidad para los servicios de seguridad, por ejemplo, es posible también entender cómo la privacidad tiene un valor, no nada más que se la interviene para mantener vigilados a los criminales (a los terroristas). Esa vigilancia también puede realizarla una empresa que, enterada de lo que dicen los individuos sobre sí mismos, podrá luego ofrecerles productos y servicios acorde con todo eso. Así funciona en la red el trabajo de los algoritmos de Meta o Google. La psicología usada para comerciar y producir riquezas no es una cosa neutra. Claro que las páginas de Victor Serge están plagadas de algo que hoy muchos llaman “romanticismo”, como si soñar con tiempos mejores o, más sencillamente, resistir airadamente la explotación o la aniquilación de lo que vive fueran únicamente actividades prácticas, sin ilusiones. Pero las palabras de Serge, publicadas hace un siglo (en 1925), no son ingenuas. La represión es una de las funciones esenciales de todo poder político (p. 118). Al final, este pequeño libro, editado ahora en La Paz, podría ser una lectura amena sobre cómo los bolcheviques que luchaban contra una tiranía se dieron mañana para seguir peleando. Su ritmo tranquilo lo permite. O un pequeño manual para entender cómo se ejerce la dominación (y cómo resistirla) cuando las crisis se agudizan, y reprimir las aspiraciones de la gente, con engaños o a balazos, se convierte en algo cotidiano, aquí y en China.   Victor Serge Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión Viejo Topo Ediciones La Paz, 2026 Bs. 30 (CLICK en la imagen del libro para comprar)        

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El biopic domesticado: cuando la vida real se vuelve fórmula

Hay algo inquietante en el auge contemporáneo del biopic. No se trata simplemente de su proliferación —eso podría incluso celebrarse como un interés renovado por las vidas que marcaron la cultura— sino de una transformación más profunda: el vaciamiento de su potencia crítica. El biopic ya no parece interesado en explorar la complejidad de una vida, sino en administrarla. Películas como Bohemian Rhapsody, Elvis o Napoleón evidencian una estructura cada vez más rígida: ascenso, caída, redención. Este esquema no es nuevo, pero sí lo es su aplicación casi automática, como si toda vida —sin importar su singularidad— debiera encajar en un molde emocional prediseñado. El resultado es una operación peligrosa: la simplificación de lo humano. En este contexto, el biopic ha dejado de ser una herramienta de indagación para convertirse en un dispositivo de validación. Ya no incomoda, no contradice, no problematiza. Celebra. Ordena. Traduce lo contradictorio en algo digerible. Y, en ese proceso, neutraliza. El caso de Homem com H resulta particularmente revelador. Su protagonista, Ney Matogrosso, no es una figura que pueda reducirse fácilmente a una narrativa de superación. Su cuerpo en escena, su sexualidad, su radicalidad estética y política lo convierten en un sujeto incómodo, incluso hoy. Representarlo implica enfrentarse a esa incomodidad, no suavizarla. Aquí emerge la pregunta clave: ¿el biopic está dispuesto a sostener la tensión que define a su personaje o preferirá domesticarlo para hacerlo consumible? Porque ese es el riesgo central del género en la actualidad. No solo reconstruir una vida sino reescribirla bajo los parámetros de lo aceptable. Convertir lo subversivo en inspiracional. Transformar la diferencia en marca. Incluso cuando el biopic intenta complejizarse —como en Oppenheimer— lo hace desde una lógica que sigue siendo profundamente controlada. La ambigüedad está presente, pero contenida. El conflicto existe, pero organizado. Se permite la duda, pero no el desborde. El problema no es estético, es político. ¿Qué vidas merecen ser contadas? ¿Y bajo qué condiciones? Cuando la industria interviene en la memoria, lo hace también en la forma en que entendemos la historia, el arte y la identidad. El biopic, en su mejor versión, debería ser un campo de fricción: entre el mito y la persona, entre la imagen pública y la experiencia íntima, entre lo que se recuerda y lo que se omite. Pero hoy, demasiadas veces, opta por lo contrario: borrar las grietas para construir una narrativa continua, tranquilizadora. Frente a esto, Homem com H no debería aspirar a ser un homenaje, sino un riesgo. No una celebración, sino una confrontación. Porque hay vidas —como la de Ney Matogrosso— que no necesitan ser explicadas, sino expuestas en toda su intensidad. Si el biopic quiere recuperar su relevancia, deberá dejar de proteger a sus personajes. Y empezar, finalmente, a mirarlos de frente. Quizás la mejor forma de responder a estas preguntas no sea evitarlas, sino enfrentarlas desde la experiencia misma del cine. Homem com H está ahí, como una oportunidad: no solo para conocer o revisitar la vida de Ney Matogrosso, sino para preguntarnos qué hace hoy el cine con figuras que alguna vez fueron profundamente incómodas.

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